El tercer otoño

Madrid, 14 de octubre de 2016. Mientras meriendo en un novísimo restaurante, ubicado en un  barrio cobijado por el luminoso abrazo del parque El Retiro y el Jardín Botánico, observo por la ventana el ondear verdoso y amarillo de las copas de los árboles.

La gente pasa: una joven madre empuja el cochecito de su bebé; los turistas miran con curiosidad hacia el interior del establecimiento y una niñera cuida el paso de una pequeña colegiala. Es la vida de una tarde de viernes en una ciudad como Madrid: siempre viva, con miles de historias que se cuentan a gritos, otras discretas y unas tantas que, por más que se exhiban, que gesticulen, se resisten a ser escuchadas.

Es esta urbe la que me ha recibido con cariño, aunque al principio la sintiera lejana debido a la incertidumbre de comenzar una vida nueva en otro país. Madrid me ha enseñado a ser emigrante, a redescubrirme. A lidiar con mis sentimientos más nobles y con los más venenosos. A ser más venezolana que nunca. Y precisamente hoy , a dos años de haber pisado la tierra de mi abuela paterna, rememoro las experiencias y sensaciones transcurridas en cada día en la que he escogido como ciudad de residencia, tras cada decisión tomada.

Emigrar es recorrer un camino muy personal. En mi caso, de tanto en tanto, mis defectos se hacen enormes y se dibujan en el espejo como el monstruo de mis peores pesadillas. Emigrar te hace conocer la faceta mas humana de las personas, pero tambien la más egoísta. Cambias de piel conforme pasan las estaciones; te haces otra, te conviertes en miles.

En la lejanía he aprendido a ser mejor hija, mejor mujer, mejor persona. Porque meter tu vida en dos maletas siendo mujer implica lidiar con estereotipos y emociones. Prejuicios propios y ajenos. Me he enfrentado a muchos temores e inseguridades; a elecciones tomadas con la cabeza aunque el corazón y las tripas dictaran lo contrario.

El otoño ya ha guardado el sol y, desde el restaurante, se ven los grandes ventanales de la Calle Espalter alumbrados por las farolas. Gente trotando, el reflejo de los bombillos sobre las copas. En una mesa contigua, otra venezolana conversa con la dueña del establecimiento, y de vez en cuando, compartimos historias de ese país sangrante que dejamos atrás.

Mi pareja llega y la conversación se anima. Pedimos un refresco y un vino. Decidimos brindar por estos 731 días de montaña rusa emocional, pero de pequeñas y grandes satisfacciones.

 

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