Cuando se pone cara a la nostalgia

Los inmigrantes del siglo XXI contamos con una ventaja con la que, probablemente, no soñaban nuestros abuelos cuando les tocó abandonar todo en sus países de origen. Se trata de la penetración del internet y el apogeo de las redes sociales. Actualmente, son pocos quienes no tienen instalado en su móvil el popular Whatsapp o la aplicación del omnipresente Facebook.

A nuestros padres les ha tocado hacerse duchos en el tema por razones personales y hasta profesionales. Y a quienes no se montaron en la onda tecnológica en su momento, la necesidad de comunicarse con hijos, sobrinos y ahijados en el extranjero les ha obligado a “conectarse” desde sus móviles y ordenadores. A dar likes a las fotos de los nuevos nietos, bisnietos, celebraciones y todo aquello que hace feliz a sus afectos en su vida lejos del hogar natal.

También ocurre a la inversa. Quienes estamos lejos nos sentimos más cerca cuando vemos las fotos de los nuestros reunidos. A muchos nos ha tocado vivir el nacimiento de los sobrinos o el matrimonio de gente querida en la lejanía. Algunas veces hay la posibilidad de viajar, de visitar. Pero, otras tantas, no. Hay países que son rehenes de sus gobiernos y coartan las libertades de sus ciudadanos de diversas formas.

Toda esta introducción se debe a que ayer, sábado 7 de enero de 2017, recibí dos de las noticias más esperadas desde que fui consciente de que no pisaría Venezuela en mucho tiempo. Mi padre, uno de los pilares que me mantiene fuerte en mi proceso migratorio, vendrá a visitarme en poco más de un mes. Él, quien me tendió una mano desde la distancia cuando más lo necesité, en los primeros y críticos meses de esta aventura. Quien ora por mí a diario y me tiene fe infinita. Más que ponerme sentimental, lo que quiero expresar con este post es la felicidad infinita que se siente al saber que la familia vuelve a unirse pese a las circunstancias, pese al éxodo y los corazones rotos que va dejando.

Mi padre es el resultado de la migración canaria a Venezuela. Su madre, oriunda de Tenerife, llegó al país en barco de manera clandestina, en compañía de su padre y hermanos. Siendo muy joven, se casó con mi abuelo, un hombre proveniente del pueblo de Cocorote, estado (provincia) Yaracuy. Ella nunca registró su llegada en el consulado de España en Caracas. Su prematura muerte llevó a uno de los tíos maternos y al viudo a encargarse de la crianza de los tres hijos del matrimonio. Así quedó en la memoria de mi padre y de mis tías los paseos familiares a las playas de Higuerote, las parrillas (barbacoas), las recetas con gofio, la nostalgia por la música española y los frágiles recuerdos de su jovencísima madre en un país que le abrió las puertas al clan Marrero-Herrera, así como a miles de inmigrantes provenientes de otras partes de Europa.

La otra “noticia” fue la llegada, inesperada, de una foto de mi madre. Quien me lea, dirá: “Bueno, pero con Instagram, Whatsapp, Facebook, Skype… ¿no has visto a tu madre en todo este tiempo?”. La respuesta es NO. Mi madre nunca ha sido de fotos o redes sociales, aunque maneje Twitter e Instagram con un buen nivel de usuario. Siempre hablamos por Whatsapp y nos llamamos por esa vía, pero la precariedad de las telecomunicaciones en Venezuela le ha hecho casi prohibitivo conectarse desde casa y, mucho menos, tener una video llamada.

En el fondo, quería seguir imaginando a mi madre como la dejé aquel día en el aeropuerto: haciendo de tripas corazón, pero sonriente y llena de optimismo. Ahora le pongo rostro a la nostalgia. Cada día que pasa, me convenzo más de que somos madre e hija y de que sus enseñanzas no fueron en vano. Nada te hace mejor hija que tener tu propio “hogar” y entender que ese vínculo materno ha sido la razón de todo. Así que revisar el chat de Whatsapp con mi padre y ver una foto de ambos, acompañada con la noticia de la visita de éste, me causó un cúmulo de emociones que tenía que verter en algún lado.

Sé que quienes son emigrantes, como yo, entienden la emoción que encierra la visita de un ser querido luego de armar otra familia, la escogida, esa que te llena la vida de nuevas memorias. Tener cerca a tu familia de sangre, la de crianza, trae de vuelta ese pedacito de ti que se quedó en aquella casa, en tu ciudad, tu país.Ahora, mi padre y yo podremos crear nuevos recuerdos en el país de su madre, mi abuela, de quien me ha tocado seguir el ejemplo… pero en avión.

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3 comentarios en “Cuando se pone cara a la nostalgia

  1. Jacqueline dijo:

    Que artículo más bello , lleno de verdades , cosntruidas desde la experiencia. Eres muy valiente y decidida , no debe ser fácil partir de tu país y dejar atras a tus afectos . La herencia de ser temeraria en busca de nuevos destinos la llevas en tu sangre pero con la gloria de poder expresar con claridad meridiana y sentida tus experiencias muy emotivas .Que Dios te bendiga. Jm

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  2. Lady Sandoval dijo:

    Excelente articulo, Andrea te mando un abrazo grande, aunque compartí poco contigo, si lo hice mucho con tu papá y Lo quiero mucho, lleno mi infancia de muchas sonrisas…. Mis mejores deseos para ti Andrea!

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