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El acoso también es abuso

No ha pasado más de un año desde que me fui de aquel lugar. En agosto de 2017 decidí colgar el mandil y dejar que la herida pudiera supurar. Llevaba mucho tiempo colocándole vendas, repitiendo mantras cada mañana antes de entrar a trabajar. “No es mi culpa, no soy lenta, no soy La Sirenita. Yo puedo con esto”, me decía cada vez que tenía que soportar una humillación o calumnia por parte de aquel ser que me hizo dudar, en un principio, de lo capacitada que estaba para ser camarera y de mis aptitudes en general.

Aquel individuo buscaba compensar sus miserias con la descalificación constante hacia mí, aunque no se tratara de un tema absolutamente “personal”: entendí que lo hacía porque podía, porque yo era el blanco de turno y la nueva empleada que entraba a mermar su pequeña –pero significativa- cuota de poder. De eso se trata el acoso sexual y laboral: de rodear e intentar minimizar al otro mediante el maltrato sostenido y la vulneración de tu dignidad, tu autoestima.

Recuerdo cuando las comandas de café se liaban (podía pasar en medio del movimiento matutino de aquella cafetería, tan concurrida por todos los empleados de la zona) y él me adjudicaba, con descalificativos y ademanes agresivos, toda la responsabilidad. Me humillaba delante de los clientes y me acusaba con la jefa. Una vez me llamó a la cocina para “recordarme” que yo era “el eslabón más débil de la cadena”; la más prescindible, de la que la jefa y la otra empleada se cansarían con facilidad.

En aquella ocasión, lo tomé como un reto: yo le demostraría que de débil no tenía nada, y que mi jefa terminaría valorándome por encima de “mi torpeza” y su cizaña. Lo que no sabía era que ella terminaría haciéndose cómplice con su inacción y sus eternas justificaciones, con el discurso de “la culpa es tuya por no pararle los pies” o “es que hablas como La Sirenita y es difícil tomarte en serio cuando te enfadas”.

Yo no podía acercarme a la máquina de café ni servir uno cuando un cliente me lo pedía. Si lo hacía, me exponía a más ademanes de desprecio para que me apartara o a comentarios de carga sexual, como que me “excitaba” acercarme a SU máquina de café.

Fue suya en algún momento, sí, antes de que su antiguo negocio quebrara y él la pusiera en venta. Entonces apareció en escena la jefaza con su proyecto de cafetería al estilo francés y su cero experiencia en el mundo de la hostelería. Le compró la máquina y el “talento”; lo empleó como su mano derecha y lo convirtió en la figura masculina del lugar.

Me desagradaba participar en ciertos chistes de doble sentido que mantenía con la cocinera, con quien también había tenido un comienzo hostil. Llegando al final, tuve que involucrarme un poco y reírme, porque mi jefa me acusaba de ser dos personas distintas (una seria y distante por las mañanas, cuando estaba él; y otra relajada y alegre, apenas él entregaba su turno).

Comencé a intuir el nuevo camino que tomaba aquella dinámica abusiva cuando me hacía comentarios aludiendo a mi vida de pareja e indagando en sus horarios de trabajo; o aquel sábado en el que me tocó trabajar a solas con él y, al salir de nuestro turno, me envío un enlace a una página pornográfica no solicitada para que disfrutara “a solas”. No supe qué responderle. Mostré el mensaje a mis amigas y a mi pareja, para dejar constancia del nuevo cariz que tomaba la situación.

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Detrás de un sitio bello, elegante, armonioso, pueden esconderse muchas caretas

Antes de que me enviara una foto, cayó enfermo una semana. Lejos de ser una molestia por la carga horaria que recaía sobre mí, me sentí de vacaciones. Era libre de moverme en mi espacio de trabajo; no tenía que cuidar de mis espaldas ni temía cuando alguien me pedía un café. Cuando se reincorporó, comenzó la cuenta regresiva para mi retirada: de una recomendación de salud que le hice por un arrebato –innecesario- de humanidad obtuve, a la mañana siguiente, una foto suya de la cintura para abajo, en la que una erección se dejaba ver bajo el chándal gris que vestía. La foto venía acompañada de la explicación “Hoy ya me siento mejor”.

Al ver la foto, me sentí indignada. Derrotada. Con las palabras atoradas en mi garganta se la mostré a mi pareja, que enseguida averiguó el protocolo que debía seguir para denunciar el acoso. Una vez más, no sabía qué hacer: ¿Cómo podía enfrentarlo? ¿Era conveniente decirlo a mi jefa? Yo era una solicitante de protección internacional, con un permiso de trabajo provisional y a la que le faltan solo meses para poder solicitar el arraigo social. ¿Valdría la pena todo aquello o sería mejor aguantar hasta obtener la residencia?

Lo pensé todo camino al trabajo, pero no encontraba una respuesta clara. Al llegar, le di los buenos días con sequedad y conversé con él lo indispensable para sacar el servicio de desayunos. Me había preparado un café. Intentaba sacarme conversación sobre temas absurdos y banales. Lo notaba nervioso y procuraba buscar en su mirada alguna muestra de culpa o una insinuación, pero simplemente hablaba sin parar y me sostenía la mirada con descarada normalidad.

No le hablé más en toda la mañana y evité estar cerca cuando se marchó. Consulté con amigas que trabajan en el área de Recursos Humanos la manera de responder al mensaje empleando el mismo canal, para guardar una prueba y dejarle claro, por escrito, mi postura. En mi respuesta enumeré los maltratos a los que me había sometido desde mi llegada a la cafetería y los comentarios y mensajes fuera de tono que había recibido.

No obtuve una disculpa hasta el día siguiente, cuando decidí enviar el mensaje. Me dijo que la foto no había sido para mí, aunque el texto respondiera a la preocupación que, un día antes, manifesté sobre su estado de salud. No le creí, ni le creo. Para mí, fue otra de sus jugadas por demostrar que podía hacer cuanto quería.

El “apoyo” de la jefa

El trato entre ambos pasó a ser más gélido e incómodo que en un comienzo. Trabajar con él a solas, algunos sábados, era un suplicio que mi jefa no lograba entender. Ni siquiera cuando me cansé de los maltratos y decidí mostrarle la foto. Ella mostró sorpresa y dijo sentirse culpable; me dijo que pondría al tanto a su gestora y que me apoyaría si quería denunciarlo. No obstante, decidí no hacerlo. Mi solicitud de protección internacional había sido negada y faltan tres meses para cumplir los tres años en España. Entonces podría pedir el arraigo y necesitaba un contrato de trabajo.

Comuniqué mi decisión y ella dijo entenderla, aunque remató con la joya “creo que lo que pasa es por tu culpa. Tienes que ser más fuerte”. Le pedí que no volviera a repetirme eso más nunca y tuve que dar por terminado el tema. Lo que siguió fueron días de espera para mis anheladas vacaciones, en las que pensaría con más calma qué hacer.

Durante los días que estuve afuera, ella le comentó que yo me sentía acosada y que le había mostrado la foto. No sé qué habrán conversado ni en qué tono. Como resultado, la mujer del individuo llamó a mi pareja (ambos eran amigos de la universidad) para decir que la foto había sido para ella y que todo era un error. Además, le pidió que no lo denunciara ya que ambos tenían una niña.

Esta llamada me llevó a tomar la decisión de no seguir aferrándome a un trabajo donde no se me valoraba en ningún sentido y en el que depositaba todas mis esperanzas de obtener la residencia legal en el país. Creo que fue un error darle tanta importancia y tolerar tantas situaciones que pudieron ser abordadas de otro modo.

El día que tuve que volver al trabajo, presentía que sería el último en ese lugar. Y así fue. Mi jefa puso cara de desagrado al verme y el ambiente estaba tenso. El individuo me fastidiaba por dejar el boli junto a la caja en lugar de donde Él quería y susurraba cosas que yo no podía escuchar. Procuré seguir con mi trabajo con normalidad, pero al cargar el lavavajillas la tapa de una tetera fue a dar al suelo, donde se estrelló en pedazos.

Me anticipé a la reacción de mi jefa y le pedí disculpas. Ella no levantaba la mirada de las tablas de madera envejecida del suelo, hasta que comenzó a hablar y a alzar la voz. Me gritó que me fuera de la cocina, que no me soportaba. Tuve que respirar profundo para no quitarme el mandil y dejárselo junto a la montaña de platos sucios. Podía intuir como el individuo se relamía por dentro.

La humillación me recorría en oleadas como un viento gélido. Esperé a que terminara el servicio de desayunos para conversar con ella. Puse mi cargo a la orden, argumentando que sentía que ella no estaba conforme conmigo y que yo no sabía cómo manejar toda esa situación. Ella dijo estar de acuerdo –por supuesto- y dijo que sería lo mejor PARA TODOS.

Todo pasó muy rápido y lento a la vez. Llamó a su hijo, me hicieron firmar la baja voluntaria, las palabras de “siempre serás bienvenida” y esas cosas. Yo me aguanté las lágrimas un par de veces porque sabía que era lo más conveniente, pero no por ello lo más justo. Él y yo no nos dirigimos más la palabra. Con mi jefa hablé poco. La despedida fue escueta e hipócrita por parte de las dos.

Al día de hoy, él me importa poquísimo. Sé que recibirá su merecido, pero deseo que ninguna otra mujer tenga que pasar por lo mismo. Es seguro que en la cafetería no pasará más, porque mi ex jefa decidió contratar a un familiar, de sexo masculino, para ocupar mi lugar. Durante nuestra última conversación al respecto, me dijo que sería así.

Que ella prefería contratar a un hombre y que ambos se mataran si querían, que eso ya no sería problema suyo. “A mí lo que me importa es que él sirve cafés como un demonio”. Y sí, esa es su prioridad y supongo que se sigue cumpliendo.

Sé que él hizo sentirse incómoda a otra chica que ambas conocemos y que estuvo unos pocos días como azafata en el local. Ella decidió no hablar, según mi ex jefa, por ser un poco inestable emocionalmente. Creo que nunca podré entender como otra mujer puede poner por delante el hecho de que un hombre humille a otras mujeres por el hecho de que sepa hacer un buen café o que levante los casilleros con las bebidas.

Dudé mucho si debía escribir mi experiencia para compartirla por este medio, pero creo que, si bien no tomé la decisión de llevar el caso a las autoridades competentes, es mi deber contar lo sucedido para que las personas entiendan que el acoso laboral y sexual es una forma de violencia contra la mujer. No avanzaremos mientras se siga callando y mientras otras mujeres lo avalen.

Así que si tú, querida ex jefa, llegas a leer esto, espero que entiendas que te agradezco la oportunidad de haberme contratado en un inicio, pero no voy a agradecerte nunca el haber sido cómplice del abuso. ERES PARTE DEL PROBLEMA.

Y a vosotras, chicas: si os llega a pasar algo así, no se sientan solas. Sé lo vulnerables que podemos ser cuando, además de haber un estereotipo de género en el cual la mujer es la “culpable” de estas situaciones, tenemos la condición de inmigrantes. Pero esto no significa que seamos débiles ni que lo que ocurre sea nuestra culpa. Seamos solidarias, coherentes, íntegras. El acoso es abuso.  

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Un comentario en “El acoso también es abuso

  1. Paúl(maracay) dijo:

    No imagino la situación tan difícil por la que pasaste :/, pero sabes que? las Venezolanas se distinguen de todas las mujeres del planeta porque su carácter y su inteligencia van de la mano. Espero que te este yendo mejor, constancia y mucho ánimos.

    Le gusta a 1 persona

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